Los jóvenes psicópatas y La reinserción

Hace algo más de un año ya abordamos en esta revista el tema de los psicópatas, pero creo que es interesante retomarlo en este número tras la noticia que salió a la luz hace algunas semanas sobre la mujer española que trabajaba como profesora de niños pequeños en Inglaterra después de haber cumplido una condena en un centro de internamiento de menores por asesinato. Los hechos ocurrieron cuando esta mujer contaba con 17 años de edad y junto a otra amiga cómplice, según ella porque “quería experimentar lo que se siente al acabar con la vida de alguien”, asesinaron a su compañera de instituto, de 16 años.


Cada vez que salen a la luz casos similares, son frecuentes las opiniones en los medios de comunicación de expertos, psicólogos, psiquiatras, criminólogos o abogados debatiendo y tratando de buscar una explicación a esta violencia sin sentido. Se suele recurrir entonces al término psicópata para explicar este tipo de acciones pero, ¿qué significa realmente ser un psicópata?


Según los criterios de la ciencia psicológica, la personalidad psicópata se caracteriza por un patrón general de falta de empatía (la capacidad de ponerse en el lugar del otro), desprecio y violación hacia los derechos de los demás, patrón que suele empezar a manifestarse en la adolescencia o incluso ya en la infancia (aunque no siempre). Ese patrón se caracteriza también por cierto fracaso en la adaptación a las normas sociales, deshonestidad, irritabilidad y agresividad, despreocupación imprudente por su seguridad o la de los demás, irresponsabilidad y falta de remordimientos. A priori, es más fácil que una persona que sigue este patrón de personalidad acabe agrediendo o incluso asesinando a otras personas (aunque no todos los psicópatas son asesinos, ni mucho menos). A la hora de buscar las causas de la agresividad y la falta de compasión en los individuos con personalidad psicópata se ha recurrido en ocasiones a una explicación genética, si bien los estudios científicos llevados a cabo no han ofrecido resultados concluyentes y únicamente puede hablarse de una posible predisposición genética, pero en ningún caso de una determinación genética total.

Por ello, se hace necesario tener en cuenta irremediablemente los factores ambientales o contextuales implicados. A lo largo de los 12 años que llevo trabajando como psicólogo en la rehabilitación de menores y jóvenes infractores, afortunadamente nunca he tenido que lidiar con ningún usuario implicado en un delito de asesinato, pero sí que he intervenido en delitos de homicidio en grado de tentativa. Casos estos en los que adolescentes menores de edad han atentado gravemente contra la vida de otra persona mediante diversos medios (principalmente ataques con arma blanca).

Pues bien, en estos casos con frecuencia he detectado como factores predisponentes la presencia de entornos familiares muy hostiles donde los niños han crecido entre el odio y la violencia. Niños que han podido ver a sus padres resolver sus problemas usando la agresividad y la violencia y acabar ellos mismos aprendiendo a desenvolverse en la vida haciendo uso de ellas. En muchas ocasiones, ellos mismos han recibido malos tratos por parte de sus padres o hermanos mayores.

A lo largo de su vida han venido acumulando odio y frustración y finalmente acaban descargándolo sobre las demás personas. Pero también me he encontrado algún que otro caso en el que los agresores no han vivido forzosamente durante su infancia en ese tipo de ambientes negativos. En estos casos, habría que tener en cuenta el hecho de que el que una persona no haya crecido en un ambiente hostil, no quiere decir que haya tenido necesariamente una buena infancia desde un punto de vista psicológico. De esta forma, niños que crecen sobreprotegidos podrían tener dificultades para desarrollar en el futuro habilidades sociales, volverse inseguros, tener problemas para desenvolverse por sí mismos y para hacer amigos y sentirse inferiores, con baja autoestima y acomplejados. Cuando estos niños creciesen, podrían no sentirse a gusto a nivel social, responsabilizando a los demás de sus propias inseguridades, miedos y complejos personales, distanciándose emocionalmente de la gente y actuando de forma agresiva hacia ellos.


Aunque se asume que los psicópatas no tienen empatía o capacidad para ponerse en el lugar de los demás y que no experimentan culpa ni remordimientos por sus comportamientos antisociales, esto quizás no sea del todo así. En el desarrollo de mi trabajo me he topado con chavales agresores en los que, paradójicamente, la culpa y los remordimientos han estado presentes de forma exacerbada, por diversos motivos, durante su infancia, minando su autoconcepto y autoestima. Aunque la total indiferencia hacia los demás y su falta de arrepentimiento dan una apariencia de superioridad a los individuos psicópatas, quizás en el fondo son o han sido seres atormentados.

Puede que, antes de llevar a cabo acciones tan horribles como atacar a una persona o acabar asesinándola, hayan intentado evitar tales conductas y controlarse a sí mismos. El tema es que, quizás, los psicópatas que tratan de controlar sus impulsos agresivos pueden estar experimentando las mismas dificultades para controlar sus impulsos agresivos que un ludópata para controlar sus impulsos para jugar a las máquinas tragaperras o que un drogadicto para controlar sus impulsos para consumir droga. De la misma manera que el ludópata o el drogadicto libera tensión cuando deja de controlar sus impulsos y se rinde a ellos, el psicópata liberaría una gran tensión al descargar unos impulsos hostiles y agresivos hacia los demás que podría llevar años reprimiendo.

Esto podría responder a la pregunta que todos nos hacemos: ¿cómo es posible que haya gente en el mundo capaz de asesinar a otras y no sentirse mal por ello?

La respuesta sería que esta gente ya se sentía mal antes de actuar así y que, llevando a cabo estas conductas violentas, liberan parte de ese malestar descargando tensión acumulada. Al margen de la explicación de las variables implicadas en este tipo de personalidad, un tema aparte es el debate sobre si es posible una reinserción social plena de alguien que asesina a otra persona “a sangre fría”. Por supuesto que dedicándome a la rehabilitación de menores infractores creo en la reinserción social y en las segundas oportunidades (de hecho, aproximadamente el 80% de los chicos y chicas que pasan por mis manos no vuelven a delinquir), pero en el caso de los asesinatos la situación es distinta. Sinceramente, no me gustaría tener como profesora de mis dos hijas pequeñas a una antigua asesina, por mucho que haya cumplido con la justicia.