La Piromanía

Todos los veranos cuando se suceden los devastadores incendios, como lamentablemente también hemos padecido meses atrás este año, los medios de comunicación suelen señalar que algunos de ellos han podido ser provocados. Surge entonces la figura del pirómano, pero ¿Qué es exactamente la piromanía? Este trastorno psicológico se caracteriza por la provocación deliberada e intencionada de un incendio en más de una ocasión. Además, el incendio no se provocaría por móviles económicos, como expresión de una ideología sociopolítica, para ocultar una actividad criminal, para expresar cólera o venganza, en respuesta a una idea delirante o alucinación o como resultado de una alteración del juicio, sino que el móvil del mismo sería algún tipo de activación emocional antes del acto y bienestar, gratificación o liberación de tensión una vez que se inicia el fuego.

Expuesto lo anterior, la pregunta que a todos nos surge es por qué se da este fenómeno en algunas personas, ¿Qué lo produce? Para tratar d explicar esto, habría que retroceder a la infancia de estas personas. Así, cuando son pequeños, la mayoría de los niños sienten fascinación por el fuego, se divierten quemando papelitos o haciendo pequeñas hogueras. Algunos sufrirán accidentes que les producirán pequeñas quemaduras y aprenderán a temer al fuego y a respetarlo. Cuando sean adultos, el interés por el fuego habrá disminuido. Entonces, ¿por qué algunas personas adultas se sienten tan atraídas por el fuego hasta el punto de no poder controlar el impulso por quemar cosas?

Una posible explicación sería la presencia de sucesos traumáticos relacionados con el fuego durante la infancia o la adolescencia temprana. Así, en los casos de niños que hayan podido tener experiencias traumáticas con el fuego (por ejemplo, provocar algún incendio fortuito mientras jugaban con él o bien sufrir algunas quemaduras al manipular algún objeto ardiendo), sus padres podrían haberlos castigado severamente riñéndoles o incluso pegándoles y, por supuesto, prohibiéndoles terminantemente para siempre el volver a jugar con fuego.

También podrían darse casos de piromanía en los que los individuos no hayan pasado por experiencias traumáticas con el fuego, pero igualmente sus padres les hayan prohibido utilizarlo por considerarlo peligroso. Esta prohibición de manipular el fuego podría ser el principal factor predisponente de la piromanía, ya que en las primeras fases del desarrollo de este trastorno, los niños se podrían decir a sí mismos cosas como: «Mamá no quiere que juegue con el fuego», «El fuego es peligroso, debo evitar pensar en él», «Voy a intentar no pensar en jugar con fuego».

Este tipo de pensamientos harían que se fuesen sintiendo tensos por la posibilidad de no ser capaz de resistirse a jugar con el fuego, pensando cosas como: «Lo voy a hacer otra vez y mamá se volverá a enfadar conmigo», «No soy capaz de controlarme», etc. La culpa por tener este tipo de pensamientos y la ansiedad ante la posibilidad de no ser capaz de controlarse irían aumentando cada vez más, hasta que el niño podría ceder y acabaría rindiéndose a sus impulsos.

De esta manera, tras estos episodios, cada vez que los padres (u otras figuras de autoridad) volvieran a reñirles y a hacerles hincapié en la importancia de controlarse y evitar tales conductas, se reanudaría el ciclo de preocupación/intento de control/ansiedad/liberación. Los niños acabarían entrando en la adolescencia sintiendo todas esas sensaciones de fascinación, miedo y culpa con respecto al fuego descritas anteriormente. En la adolescencia, lo normal sería que la culpa fuese aún mayor a medida que los individuos fuesen creciendo. Un niño de 10 años que juega con fuego, pese a las prohibiciones de los adultos, podría ser considerado desobediente o travieso, pero un joven de 18 años que va por ahí prendiéndole fuego a las cosas, sería considerado un delincuente o un enfermo. Una vez que el individuo se hiciese adulto, lo normal sería que no se conformase con encender una pequeña hoguera (puesto que socialmente esto no representaría ningún problema moral), sino que incendiaría, sin motivo aparente, contenedores, vehículos, mobiliario urbano, algún paraje natural, algún inmueble abandonado, etc.

De esta forma, el individuo entraría en la edad adulta con este trastorno haciendo mella en su propia identidad y afectando a su autoestima debido a la imposibilidad de controlarlo, ya que, como se ha visto anteriormente, los intentos por controlarlo no harían más que aumentar su problema. Así, mucha gente se pregunta cómo es posible que haya personas que sean capaces de llevar a cabo este tipo de conductas sin sentirse culpables al realizarlas o cómo no son capaces de anteponer las consecuencias negativas que dichas conductas van a tener en sus vidas o en las de los demás y de esforzarse por evitarlas, pero la cuestión es que justamente la culpa, la anticipación ansiosa de determinadas consecuencias y los esfuerzos evitativos estarían en la base de los trastornos. Las personas llevarían a cabo estas conductas, que perjudican sus vidas y las hacen sentir mal, porque ya se sentían mal antes de realizarlas, debido a la tensión acumulada por los esfuerzos evitativos o los intentos de represión de las mismas.

Al final, y de forma paradójica, la única forma que tienen de descargar la tensión acumulada por los intentos de represión de estas conductas es justamente llevándolas a cabo.

Para concluir, de todo lo analizado se deduce la importancia de la prevención desde la infancia de los patrones de personalidad evitativa, neurótica o excesivamente preocupadiza, ya que éstos se encuentran en la base de la piromanía. Mientras más insegura sea una persona, más importancia dará al hecho de tener bajo control sus eventos privados (pensamientos, emociones, etc.), haciendo juicios constantes sobre lo adecuado o no de los mismos y poniéndose a prueba a sí misma ante cualquier situación o estímulo que le resulte amenazante (no sólo desde el punto de vista físico sino también a nivel psicológico o moral), cayendo en los círculos viciosos descritos.