La artrosis es un proceso degenerativo que puede llegar a condicionar completamente nuestra vida, pero empieza a ser realmente peligrosa cuando es diagnosticada y nos dicen que “el cartílago no se regenera”. Si asumimos esa afirmación y además nuestro cerebro entiende que el dolor es proporcional al daño en los tejidos, habremos perdido la guerra. Si entendemos esta patología desde un punto de vista más global, en la que el dolor y la función son los aspectos fundamentales, entonces podemos afirmar convencidos que los procesos artrósicos pueden mejorar. Tanto el ejercicio físico como la terapia manual son efectivos en la reducción del dolor y mejora de la funcionalidad de la cadera artrósica. También han sido objetivo de tratamiento la analgesia y la pérdida de peso. Se ha demostrado que pedalear sobre una bicicleta tiene menor impacto sobre la articulación de la cadera que otras actividades. Por otro lado, se ha comprobado que cuatro meses de marcha nórdica (con bastones) produjo mayores mejoras en funcionalidad que un programa de fortalecimiento de la musculatura de la cadera. Y parece que hay determinados grupos musculares especialmente relacionados con la protección ante el desgaste articular. Si la dosis de la carga de entrenamiento es un parámetro normalmente importante, en el caso del cartílago articular se maximiza, debido al mecanismo que usa el cartílago para nutrirse (compresión y descompresión). El movimiento facilita el vaciamiento y llenado del cartílago de líquido sinovial, como si se tratara de una esponja que permite el intercambio de nutrientes. Pero la indicación principal va a ser decirle a esa cadera que la artrosis no va a poder con ella, que fue diseñada para moverse, y que en la guerra contra la artrosis sólo existe una opción, la victoria. ¡Somos movimiento!

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